El mes pasado, antes de que iniciaran las vacaciones en la escuela de mis hijos, se llevó a cabo una reunión entre el comité de la escuela y la Stadium Chair Company (una empresa que vende mobiliario para estadios).

La escuela se propuso remodelar las instalaciones deportivas (gimnasio y canchas), con el objeto de fomentar el hábito del ejercicio en los alumnos. Lo único que falta es acondicionar las gradas, para estar en condiciones de recibir público en los partidos, pues tal sería otra motivación para los integrantes de los equipos. Por ello es que se han tenido reuniones con varios proveedores, para establecer el trato más accesible.

A mí, así como a la mayoría de los padres de familia, me parece excelente que la escuela invierta en algo que se traducirá en beneficio de los niños. Y, definitivamente, las actividades deportivas brindan incontables beneficios para los niños y adolescentes; favorecen su desarrollo físico y mental; les ayudan a desarrollar hábitos como la perseverancia y la tenacidad; los enseñan a trabajar en equipo y dan una orientación positiva a sus energías.

Sin embargo, me pregunto si para fomentar el deporte y desarrollar todo su potencial siempre es necesario hacer cuantiosas inversiones. En la escuela donde yo estudié no teníamos instalaciones deportivas tan bien equipadas como las del instituto al que asisten mis hijos.

Contábamos con un “deportivo”, que en realidad no era más que un amplio patio circundado por una gradería. En el suelo estaban marcadas las líneas reglamentarias para los deportes que practicábamos a lo largo del año; si tocaba futbol, se instalaban unas pequeñas porterías en cada extremo; si era temporada de voleibol o bádminton, no había más que colocar la red y para el básquetbol se hacía uso de las canastas. También teníamos unos colchones para gimnasia y varios neumáticos viejos, que se usaban para crear pistas de obstáculos.

El caso en que en cada clase de deportes hacíamos doble trabajo; primero, el que implicaba mover e instalar lo necesario para la práctica en cuestión y después, el ejercicio como tal. A la luz de lo que sucede hoy en la escuela de mis hijos, las condiciones de la mía parecen muy limitadas. Sin embargo, el hecho es que, según recuerdo, en mi generación eran contados los niños que presentaban algún problema relacionado con el sedentarismo y el sobrepeso, mientras que hoy en día, es alarmante la forma en que se han incrementado las condiciones de sobrepeso y obesidad entre niños y adolescentes.

¿Qué sucede entonces? ¿Qué necesitamos realmente para fomentar la práctica del deporte entre las nuevas generaciones y contrarrestar todos los problemas que acarrea consigo el sedentarismo?

Como ya mencioné, la inversión en equipo e instalaciones deportivas no es una mala estrategia y si la institución está en posibilidades de llevarla a cabo, ¡adelante!, conviene hacerlo. Sin embargo, el punto más importante es inculcar una cultura deportiva desde temprana edad. Y esto no sólo en la escuela, sino desde los hogares. En la medida en que sepamos transmitir y enseñar mediante el ejemplo el gusto y el interés por deporte, será más sencillo que las nuevas generaciones encuentren los medios para practicarlo.

shares